domingo, 3 de abril de 2016

Adelanto The Jewel (The Lone City #1) by Amy Ewing

The Jewel (The Lone City, #1)Título: The Jewel
Serie: The Lone City #1
Autora: Amy Ewing
Idioma: Inglés
Páginas: 358
ISBN: 0062235796 (ISBN13: 9780062235794)
Editorial: HarperTeen
En Estados Unidos: 2 de Septiembre del 2014
Sinopsis: 
La joya significa riqueza. La joya significa de belleza. La joya significa realeza. Pero para las chicas como Violet, la Joya significa servidumbre. No cualquier tipo de servidumbre. Violet, nació y ha sido criada en el Marsh, ha sido entrenada como una sustituta para la realeza, porque en la Joyala única cosa más importante que el lujo son los descendientes.
Comprada en la subasta de la subrogación por la Duquesa del lago y recibida con una bofetada en la cara, Violet (ahora conocido sólo como #197) aprende rápidamente de una verdad brutal se encuentran debajo de la fachada brillante de la joya: la crueldad, puñaladas por la espalda, y la violencia oculta que se han convertido en la forma vida de la realeza.
Violet debe aceptar las desagradables realidades de su existencia... y tratar de mantenerse con vida. Pero entonces un romance prohibido estalla entre Violet y un guapo caballero contratado como compañero de la petulante sobrina de la duquesa. Aunque su presencia hace que la vida en La joya un poco más brillante, las consecuencias de su relación ilícita les costará mucho de lo que espera.
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UNO

HOY ES MI ULTIMO DÍA COMO VIOLET LASTING.
Las calles del Pantano están muy tranquilas por la mañana, a excepción de los pesados pasos de un asno y el tintineo de botellas de cristal cuando pasa una carreta de leche. Aparto las sabanas y me pongo la bata sobre el camisón. La bata es una herencia de mi madre, de un azul oscuro y raída en los codos. Solía quedarme grande, las mangas me llegaban hasta los dedos, el dobladillo llegando al suelo. He crecido en ella durante los últimos años —ahora se adapta a mí en la forma que solía hacerlo con ella. Me encanta. Es uno de los artículos que se me permitió traer conmigo a Southgate. Tuve suerte de ser capaz de traer tantos como pude. Las otras tres instalaciones de servicio son más estrictas sobre los objetos personales; Northgate no los permite en absoluto.
Presiono la cara contra las barras de hierro forjado en mi ventana —son arqueadas y curvas en forma de rosas, como si al hacer un hermoso patrón pudieran fingir ser algo que no son.
Las sucias calles del Pantano resplandecen de un dorado mate a la temprana luz de la mañana; casi puedo imaginar que están hechas de algo majestuoso. Las calles son lo que otorga al Pantano su nombre –todas las piedras, cemento y asfalto fueron a los círculos de más riqueza de la ciudad, por lo que el Pantano fue dejado con un abundante lodo marrón que huelen salobre y sulfúrico.
Los nervios se agitan como diminutas alas en mi pecho. Hoy veré a mi familia, por primera vez en cuatro años. Mi madre, Ochre, y a la pequeña Hazel. Probablemente ella ya no sea tan pequeña. Me pregunto si incluso quieren verme, si me he convertido en una extraña para ellos. ¿He cambiado de quien solía ser? No estoy segura de si puedo recordar quien solía ser. ¿Qué pasa si ni siquiera me reconocen?
Ansiedad me rasga por dentro mientras el sol se eleva con lentitud por la Gran Muralla, más allá a lo lejos, la cual bordea todo Lone City. La muralla que nos mantiene a salvo. Me encantan los amaneceres, incluso más que las puestas de sol. Hay algo emocionante en el mundo cobrando vida en miles de colores. Es esperanzador. Me alegra lograr ver este, arcoíris de rosa y lavanda impregnados de corrientes de rojo y dorado. Me pregunto si llegaré a ver algún amanecer cuando comience mi nueva vida en la Joya.
A veces, deseo no haber nacido sustituta.

CUANDO PATIENCE VIENE POR MÍ, ESTOY ACURRUCADA EN LA CAMA, aun en la bata, memorizando mi habitación. No es demasiado, solo una cama pequeña, un armario, y un tocador de madera descolorida. Mi chelo está apoyado en una esquina. Encima del tocador hay un jarrón de flores que se cambiaba cada dos días, una brocha, un peine, algunas cintas de pelo, y una vieja cadena con el anillo de bodas de mi padre. Mi madre me lo dio después de que los doctores me diagnosticasen, antes de que los Militares viniesen y me llevasen.
Me pregunto si ella lo ha echado en falta, después de todo este tiempo. Me pregunto si me ha extrañado, de la forma en la que yo a ella. Un nudo se aprieta en la boca de mi estómago.
La habitación no ha cambiado mucho desde que vine aquí hace cuatro años. Sin cuadros. Ni espejos. Los espejos no están permitidos en las instalaciones de servicio. La única incorporación ha sido el chelo –ni siquiera el mío, en realidad, ya que pertenece a Southgate. Me pregunto quién lo usará una vez me haya ido. Es gracioso, pero tan aburrida e impersonal como es este cuarto, creo que lo extrañaré.
—¿Cómo lo estás aguantando, cariño? —pregunta Patience. Siempre nos está llamando cosas así, “cariño,” “cielo” y “corderito.” Como si tuviese miedo de usar nuestros auténticos nombres. Tal vez no quiere encariñarse. Ha sido la cuidadora principal en Southgate durante mucho tiempo. Probablemente ha visto a cientos de chicas pasar por esta habitación.
—Estoy bien, —miento. No hay razón para decirle como me siento en verdad –sobre como mi piel está ansiando salir desde el interior y que hay un peso profundo en la más oscura y baja parte de mí.
Sus ojos me analizan de pies a cabezas, y frunce los labios. Patience es una mujer regordeta con mechas grises en su escaso pelo marrón, y su cara es tan fácil de leer que puedo imaginar lo que va a decir antes de que en realidad lo haga.
—¿Estás segura de que eso es lo que quieres llevar?
Asiento, frotando la suave tela de la bata entre el pulgar y anular, y salgo rápidamente de la cama. Hay ventajas al ser sustituta. Nos vestimos como queremos, comemos lo que queremos, dormimos tarde los fines de semana. Tenemos una educación. Una buena educación. Tenemos comida fresca y agua, siempre tenemos electricidad, y nunca tenemos que trabajar. Nunca hemos conocido la pobreza —y los cuidadores nos dicen que tendremos más una vez comencemos a vivir en la Joya.
Excepto libertad. Nunca parecen mencionar eso.
Patience sale de la habitación y voy detrás de ella. Los pasillos del Southgate Holding Facility están panelados en teca y palisandro.; obras de arte cuelgan de las paredes, manchas de color que no representan nada real. Todas las puertas son exactamente similares, pero sé cuál es por la que tengo que ir. Patience solo te despierta si tienes una cita con el doctor, si hay una emergencia, o si es tu Día del Juicio Final. Solo hay una chica en esta planta, además de mí, que mañana va a la Subasta. Mi mejor amiga. Raven.
Su puerta está abierta, y ya está vestida, en un par de pantalones dorados de tiro alto y una camisa blanca de cuello en V. No puedo decir si Raven es más guapa que yo, porque no he visto mi reflejo en cuatro años. Pero puedo decir que es la sustituta más hermosa en Southgate. Ambas tenemos el pelo negro, pero el de Raven es corto, recto y lustroso —el mío cae en ondas por mi espalda. Su piel es de un rico color caramelo, con ojos de cerca tan negros como su pelo, en forma de almendras y situados en un perfecto rostro ovalado. Es más alta que yo, lo cual es decir mucho. Mi piel es de color marfil, un extraño contraste con el color de mi pelo, y mis ojos son violetas. No necesito un espejo que me diga eso. Ellos son por lo que fui nombrada.
—¿Un gran día, eh? —me dice Raven, entrando en el pasillo para unirse a nosotras—. ¿Es eso lo que vas a llevar?
Ignoro su segunda pregunta.
—Mañana será más grande.
—Sí, pero no podemos elegir nuestros trajes para mañana. O el día después de ese. O… bueno, nunca. —Se pone el pelo detrás de las orejas—. Espero que quien me compre me deje llevar pantalones.
—No elevaría tus esperanzas, querida —dice Patience.
Tengo que estar de acuerdo con ella. La Joya no parece el tipo de lugar donde las mujeres lleven pantalones, tal vez a excepción de las que son sirvientas que trabajan en lugares desapercibidos. Incluso si fuésemos vendidos a una familia de mercaderes del Banco, los vestidos probablemente serían la vestimenta requerida.
Lone City está dividida en cinco círculos, cada uno separado por una muralla, y de todos ellos, pero el Pantano tiene apodos basados en su industria. El Pantano está en el círculo exterior, el más pobre. No tenemos industria, solo albergamos a muchos de los trabajadores que trabajan en los otros círculos. El cuarto círculo es la Granja, donde crece toda la comida. Después el Humo, donde están todas las fábricas. El segundo círculo es conocido como el Banco, porque ahí es donde todos los comerciantes tienen sus tiendas. Y luego está el círculo interno, o la Joya. El corazón de la ciudad. Donde vive la realeza. Y donde, después de mañana, Raven y yo también viviremos.
Seguimos a Patience por las grandes escaleras de madera. Los olores de la cocina se elevan por las escaleras, pan recién horneado y canela. Me recuerda a cuando mi madre hace bollos en mi cumpleaños, un lujo que casi nunca podíamos permitirnos. Ahora puedo tenerlos siempre que quiera, pero no saben igual.
Pasamos a una de las clases —la puerta está abierta y me detengo un momento para mirar. Las chicas son jóvenes, probablemente tienen once o doce años. Nuevas. Como yo lo fui una vez. De vuelta a cuando augurio era solo una palabra, antes de que alguien me explicase que yo era especial, que todas las chicas en Southgate lo eran. Que gracias a algunas peculiaridades genéticas, teníamos la habilidad para salvar a la realeza.
Las chicas están sentadas en mesas con pequeños cestos a su lado, y un pañuelo eficientemente doblado al lado de cada una. Cinco bloques rojos de armar están dispersos en una línea frente a cada chica. Una cuidadora se sienta en una mesa grande, tomando notas —en el encerado, detrás de ella, está escrita la palabra VERDE. Están siendo probadas en el primer Presagio, el Color. Medio sonrío, medio me avergüenzo, recordando todas las veces que di esta primera prueba. Observo a la chica más cercana a mí, girando un bloque imaginario en mis manos mientras ella gira uno de un rojo brillante en las suyas.
La primera vez lo ves como es. La segunda lo ves en tu mente. La tercera se adjunta a tu voluntad.
Venas de verde se esparcen donde sus dedos tocan el bloque, trepando por la superficie roja como vides. Los ojos de la chica están fijos en concentración, luchando contra el dolor, y si puede aguantar unos segundos más, sé que lo habrá conseguido. Pero el dolor gana, grita y suelta el bloque, rojo ganando sobre verde, después agarra la cesta, escupiendo una mezcla entre sangre y saliva. Un fino rastro de sangre rueda por su nariz y lo limpia con el pañuelo.
Suspiro. El primer Presagio de los tres, pero solo se las ha arreglado para cambiar dos de sus bloques. Va a ser un día muy largo para ella.
—Violet —llama Raven, y me apresuro a alcanzarla.
El comedor está medio lleno, muchas de las chicas ya están en clase. Cuando Raven y yo entramos, todos paran de hablar, cucharas y copas son bajadas, y cada chica en el salón se levanta, cruza dos dedos de la mano derecha, y los presiona contra su corazón. Es tradición en el día del Juicio Final, reconocer a las sustitutas que estarán marchándose hacia la Subasta. He hecho esto cada año pero esto se siente extraño, habiéndose dirigido a mí. Un bulto se forma en mi garganta y me pican los ojos. Puedo sentir a Raven tensarse a mi lado. Muchas de las chicas que nos están saludando mañana van a ir a la Subasta.
Tomamos asiento en nuestra habitual mesa, en un rincón en las ventanas. Me muerdo el labio, siendo consciente de que, dentro de un periodo de tiempo muy corto, ya no será “nuestra” mesa. Este es mi último desayuno en Southgate. Mañana, estaré en el tren.
Una vez estamos sentadas, el resto de la sala se sienta, y la conversación vuelve a comenzar pero en bajos susurros.
—Sé que esto es una señal de respeto, —murmura Raven—, pero no me gusta estar en este lado de ello.
Una joven cuidadora llamada Mercy se acerca con una jarra plateado de café.
—Buena suerte mañana, —dice en voz tímida. Raven no dice nada. El rostro de Mercy se vuelve levemente rosa—. ¿Qué puedo traeros para desayunar?
—Dos huevos fritos, hash browns, tostadas con mantequilla y mermelada de fresa, y bacon, bien hecho pero no quemado. —Recita Raven con rapidez la lista de desayuno, como si estuviese esperando confundir a Mercy. Lo cual probablemente sea. A Raven le gusta enredar a la gente, especialmente cuando está nerviosa.
Mercy solo sonríe y balancea la cabeza.
—¿Y para ti, Violet?
—Ensalada de fruta, —digo. Mercy se escabulle a la cocina—. ¿Vas a comer todo eso? —Pregunto a Raven—. Siento que mi estómago se redujo durante la noche.
—Estás muy preocupada, —dice, añadiendo dos montones de cucharadas de azúcar a su café—. Lo juro, te dará una ulcera.
Tomo dos sorbos de café y observo a las otras chicas en el comedor. Especialmente las que van a la Subasta. Algunas se ven de la forma en la que me siento, como si estuviesen felices por acurrucarse en la cama y esconderse bajo las mantas, pero otras chicas están hablando con emoción. Nunca entendí a esas chicas, las que engañan a la sección de cuidadoras sobre cuán importantes somos, cómo somos una gratificante tradición larga y noble. Una vez pregunté a Patience porque no podíamos volver a casa después de dar a luz, y ella dijo—: Sois demasiado preciadas para la realeza. Desean cuidar de vosotras durante el resto de vuestras vidas. ¿No es eso grandioso? Tienen unos corazones generosos.
Dije que preferiría tener a mi familia que la generosidad de la realeza. A Patience no le gustó mucho eso.
Una chica más joven, de apariencia timida, en una mesa cercana de repente grita de dolor y sorpresa cuando su vaso de agua se convierte en hielo. Lo suelta y éste se hace añicos en el suelo. Su nariz comienza a sangrar, agarra un pañuelo y sale del salón mientras una cuidadora se apresura tras ella con un recogedor.
—Me alegra que ya no ocurra, —dice Raven. Cuando comienzas a aprender los Presagios, son difíciles de controlar, y el dolor siempre es peor cuando no lo estás esperando. La primera vez que escupí sangre, pensé que estaba muriendo. Pero se detuvo después de un año o así. Ahora solo tengo sangrados de nariz ocasionales.
—¿Recuerdas cuando volví toda esa cesta de fresas en azul? —dice Raven, casi con una risa.
Tiemblo ante el recuerdo. Al principio había sido gracioso, pero no pudo detenerlo —todo lo que tocaba se volvía azul, durante un día entero. Se volvió violentamente enferma, y los doctores tuvieron que aislarla.
Ahora miro a Raven, añadiendo con calma leche a su café, y me pregunto como se supone que voy a vivir sin ella.
—¿Conseguiste tu número de lotería? —pregunto.
La cuchara choca contra la taza de Raven, su mano temblando durante el más breve momento.
—Sí.
Es una pregunta estúpida, todas conseguimos nuestros números de lotería anoche. Pero quiero saber cual es el de Raven. Quiero saber cuanto tiempo seré capaz de ver a mi mejor amiga.
—¿Y?
—Lotería 192. ¿Tú?
Exhalo.
—197.
Raven sonríe.
—Parece que somos la mercancía caliente.
Cada Subasta presenta un número diferente de sustitutas, y todas son clasificadas. Las ultimas diez en ser subastadas son consideradas la calidad más alta y por consiguiente las más deseables. Este año tiene uno de los números de sustitutas más alto al ser subastadas en la historia reciente –200.
No me importa mucho mi clasificación. Preferiría estar con una pareja agradable que con una rica. Pero eso no significa que Raven y yo estaremos juntas hasta el final.
El comedor se silencia cuando tres chicas entran. Raven y yo nos ponemos de pie con todas las demás y saludamos a las chicas que estarán uniéndose a nosotras mañana en el tren. Dos de ellas se dirigen a una mesa debajo de la lámpara de araña, pero una, la rubia con grandes ojos azules, brinca hasta nosotras.
—Buenos días, chicas —dice Lily con entusiasmo, poniéndose en una de las sillas afelpadas, una revista de cotilleos apretada en sus manos—. ¿No estais emocionadas? ¡Yo sí! Mañana vamos a la Joya. ¿Lo podeis imaginar?
Me gusta Lily, a pesar de su arrollador entusiasmo y del hecho de que se sitúa en la categoría de chicas emocionadas que no comprendo. No venía de una buena familia en el Pantano. Su padre solía pegarla, y su madre era alcohólica. Ser diagnosticada como sustituta en realidad fue bueno para ella.
—Sin duda será un cambio de lo normal, —dice Raven con indiferencia.
—¡Lo sé! —Lily es completamente ajena al sarcasmo.
—¿Hoy vas a casa? —pregunto. No podría imaginar que Lily quiera volver a ver a su familia.
—Patience dijo que no tengo que ir, pero me gustaría ver a mi madre, —dice Lily—. Y dijo que puedo llevar un guardia Militar, asi que mi padre no puede herirme. —Sonríe con amplitud, y siento un agudo pinchazo de pena.
—¿Conseguiste tu numero de lotería? —pregunto.
—Ugh, sí. Tengo el 53, ¿puedes creerlo? ¡Fuera de las 200! Probablemente terminaré con una familia comerciante del Banco. La realeza permite asistir a un número selecto de familias del Banco cada año, pero solo pueden pujar por sustitutas de bajo rango. El Banco no necesita a las sustitutas de la forma que la realeza —las mujeres en el Banco son capaces de tener a sus propios hijos. Para ellos, solo es un símbolo de estatus—. ¿Cuáles tenéis, chicas?
—192, —dice Raven.
—197.
—¡Lo sabía! Sabía que ambas conseguiríais increíbles puntuaciones. Ooooh, ¡estoy tan celosa!
Mercy llega con nuestros desayunos.
—Buenos días, Lily. Buena suerte mañana.
—Gracias, Mercy. —Lily le sonríe—. Oh, ¿puedo tomar tortitas de arandanos? ¿Y zumo de uvas? ¿Y un poco de mango cortado en rodajas?
Mercy asiente.
—¿Es eso lo que vas a llevar? —dice Lily, frunciendo el ceño con genuina preocupación.
—Sí, —digo, exasperada—. Esto es lo que voy a llevar. Esta es mi favorita para vestir, y ya que es la última vez que elegiré mi propia ropa, voy a elegir esto, porque me encanta y es mío. No me importa cómo me veo.
Raven oculta su sonrisa en un puñado de huegos y hash browns. Lily parece un poco confusa durante un segundo pero se recupera con rapidez.
—Así que, ¿lo oísteis? ¿Sobre la Electora? —Nos mira con expectación, pero Raven está más interesada en su comida y yo nunca he prestado tanta atención a los políticos de la Joya. Pero algunas de las chicas siguen todos los cotilleos.
—No, —digo educadamente, pinchando un trozo de melón con el extremo del tenedor.
Lily pone la revista en la mesa. El rostro de la joven Electora nos mira desde la portada del The Daily Jewel, sobre la cabecera ELECTORA ASISTE A SUBASTA.
—¿Podeis creerlo? La Electora, ¡en nuestra Subasta! —Lily está de su lado. Le encanta la Electora, al igual que a muchas de las chicas en Southgate. Su historia es una no muy habitual —es del Banco, en realidad no de la realiza en absoluto, pero el Exetor la vio durante un viaje a una de las tiendas de su padre, se enamoró y se casó con ella. Muy romántico. Su familia ahora es de la realeza, por supuesto, y viven en la Joya. Muchas de las chicas la ven como un símbolo de esperanza, como si sus fortunas pudiesen ser cambiadas al igual que la de ella. No veo que hay de malo en ser la hija de un comerciante en primer lugar.
—Nunca imaginé que vendría, —continúa Lily—. Quiero decir, su precioso niño nació hace solo unos meses. Solo imaginadlo, ¡podría elegir a una de nosotras para llevar a su siguiente bebé!
Quiero destrozar el mantel de encaje con mis dedos. Lo hace sonar como si debiésemos estar honradas, como si fuese nuestra elección. No quiero llevar el bebé de nadie, no el de la Electora ni el de nadie. No quiero ser vendida mañana.
Y Lily parece tan emocionada, como si hubiera una autentica posibilidad de que la Electora pujase por ella. Solo es el Lote 53.
Me detesto tan pronto como lo pienso. No es el Lote 53, es Lily Deering. Le encanta el chocolate, los cotilleos, los vestidos rosas con cuellos de encaje, y toca el violín. Proviene de una familia horrible y nunca lo sabrías porque tiene palabras amables con todos los que la conocen. Es Lily Deering.
Y mañana, será comprada y remunerada, y vivirá en una casa extraña bajo las reglas de una extraña. Una mujer que podría no entenderla a ella y a su interminable e ilimitado entusiasmo. Una mujer que podría no preocuparse por ella, o saber cómo hablarla.
Una mujer que la obligará a Lily a llevar dentro a su hijo, tanto si Lily quiere como si no.
De repente, estoy tan enfadada que apenas puedo soportarlo. Antes de darme cuenta, estoy de pie, con las manos envueltas en puños.
—¿Qué…? —comienza Lily, pero ni siquiera la escucho. Solo capto un destello de la sorprendida expresión de Raven antes de que camine entre las mesas, ignorando las furtivas y curiosas miradas de las otras chicas, y después estoy huyendo de la habitación y subiendo las escaleras, cerrando de golpe la puerta de mi cuarto.
Agarro el anillo de mi padre y lo pongo en mi pulgar, el dedo más grande que tengo, pero el anillo aún es demasiado grande para él. Curvo los dedos en un puño entorno a la cadena.
Camino de atrás a delante de la diminuta habitación –no puedo creer que lo haya soltado aquí. Es una prisión, un lugar para contenerme antes de ser enviada para convertirme en una incubadora humana para una mujer a la que nunca he conocido. Las paredes comienzan a cerrarse y tropiezo con el tocador, tirando todo al suelo. El pincel y peine hacen diminutos sonidos al golpear cuando rebotan contra la madera y el jarrón se rompe, esparciendo las flores por todos lados.
La puerta se abre. Raven mira de mí al caos en el suelo y viceversa. Sangre bombea en mis sienes, y mi cuerpo está temblando. Atraviesa la habitación y envuelve los brazos a mi alrededor. Lagrimas se arremolinan y vierten, bajando por mis mejillas y mojando su blusa.
Estamos en silencio durante mucho tiempo.
—Estoy asustada, —susurro—. Estoy asustada, Raven.
Me aprieta en un abrazo, después comienza a recoger las esquirlas. Siento un arrebato ardiente de vergüenza ante el desastre que he hecho, y me arrodillo para ayudarla.
Ponemos los restos de la jarra en el tocador y Raven se seca las manos en los pantalones.
—Vamos a acicalarte, —dice.
Asiento y caminamos, de la mano, por el pasillo hasta el baño de mujeres. La chica que dejó caer el vaso congelado está ahí, dándose toques en la nariz con un trapo húmedo —el sangrado se ha detenido, pero su piel está cubierta de una leve capa de sudor. Se sorprende al vernos.
—Fuera, ——dice Raven. La chica suelta el trapo y se apresura hasta la puerta.
Raven toma una toalla facial y la moja con agua y jabón de lavanda.
—¿Estás nerviosa… —casi digo “por la Subasta,” pero cambio de idea—, por ver a tu familia de nuevo?
—¿Por qué estaría nerviosa? —dice, limpiando mi cara con el paño húmedo. El olor de lavanda es reconfortante.
—Porque no los has visto en cinco años, —digo con suavidad. Raven ha estado aquí más tiempo que yo.
Se encoge de hombros, dando toques con el trapo bajo mis ojos. La conozco lo bastante bien como para dejar caer el tema. Aclara el trapo y comienza a pasar un peine por mi pelo. Mi corazón tamborilea cuando pienso en lo que ocurrirá tras este día.
—No quiero ir, —confieso—. No quiero ir a la Subasta.
—Por supuesto que no, —responde—. No estás loca, como Lily.
—Es verdad. No digas eso.
Raven pone los ojos en blanco y deja el peine, colocando el pelo sobre mis hombros.
—¿Qué nos va a pasar? —pregunto.
Raven toma mi barbilla en su mano y me mira directamente a los ojos.
—Escuchame, Violet Lasting. Vamos a estar bien. Somos listas y fuertes. Estaremos bien.
Mi labio inferior tiembla y asiento. Raven se relaja y da una última palmadita a mi pelo.
—Perfecto, —dice—. Listo. Vamos a ver a nuestras familias.

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